Debo dejar siempre que mis propias acciones hablen por mí, aunque todo el
tiempo debo estar en guardia contra las terribles trampas del falso orgullo y la
vanidad que pueden detener mi propio avance. La próxima vez que me sienta
tentado a vanagloriarme, debo meter la mano en una cubeta llena de agua y
cuando la saque el agujero que quede hará que yo me dé una idea correcta de
la medida de su importancia.

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